La bella y la bestia (2017)

Entre finales de los ochenta y principios de los noventa la Disney logró un nuevo renacer con una serie de títulos de animación que no solo gozaron del beneplácito del público sino que también del de la crítica, siendo el más emblemático de ellos el de La bella y la bestia en 1991, que logró incluso ser la única película de animación nominada al Oscar a mejor película (antes de que la animación tuviera su propio galardón en dichos premios) Con el resurgimiento que ha habido de títulos que reinterpretan cuentos clásicos en acción real que se inició con la Alicia en el Pais de las Maravillas de Tim Burton ya se realizó una nueva versión francoalemana de la presente historia que se estrenó en 2014, pero que tan solo hacia añorar el film original de Disney. Ahora son ellos mismos los que llevan a cabo un remake con un llamativo plantel actoral al frente del cual situan a una Emma Watson que encarrila su carrera tras ser la Hermione Granger de la franquicia Harry Potter.

La citada moda de volver a contar las mismas historias tan solo que con pequeños retoques ha tenido resultados dispares, pero la misma le está resultando rentable a la Disney al apoyarse en la nostalgia de su amplio catálogo de clásicos animados, y que el año pasado obtuvo buenos resultados con la nueva versión de El libro de la selva, que incluso logró un merecido Oscar a los mejores efectos visuales. En esta nueva versión de La bella y la bestia hay que reconocer que lo que deslumbra visualmente sería su diseño de producción, siendo en ese aspecto muy similar al de la Cenicienta de Kenneth Branagh.

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El fundador

Ya me pasó con el anterior film que ví de este director (Al encuentro de Mr.Banks) y me ha vuelto a pasar con este, coincidiendo ambos en su condición de biopic: son títulos amenos y entretenidos pero sobre los cuales te queda la sensación de que las historias tratadas podrían haber dado más de si, quedándose tan solo en un resultado final que más o menos cuenta lo que tiene que contar con la relativa verdad que uno quiera suponer en la historia (en el caso del título antes indicado era evidente al no mostrar los detalles menos agradables de Disney mientras que aqui consigue que sintamos empatía hacia un personaje que en si no inventó nada, si no que cogió la idea de otros y la amplió mucho más allá de lo que hubieran imaginado sus creadores)

Es un tema muy recurrente el recelar de la buena calidad de lo que se vende en lugares como en este caso sería la cadena de restaurantes McDonalds, pero más allá de que cada cual tenga su propio dictamen acerca del tema, resulta curioso ver como esta película nos plantea lo que en origen era un negocio familiar, donde primaba la calidad por encima de la cantidad (aunque esta última se veía beneficiada por la velocidad en el servicio) y que se convirtió en la famosa marca que es hoy en día por la visión de futuro que tuvo el personaje encarnado por Michael Keaton, un corriente comercial que se ganaba la vida como buenamente podía a mediados del pasado siglo, y que cuando conoció a los hermanos McDonalds enseguida se dió cuenta que ahi había un gran negocio a explotar, y que sería él quien lo hiciera.

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La gran muralla

Por muchos es sabido que desde hace ya unos cuantos años el cine de Hollywood tiene su mirada puesta en China, cuyo mercado ha salvado del fracaso a algún que otro título (caso de, por ejemplo, Warcraft: El origen) Por encima de que sean mejores o peores (eso va al gusto de cada uno) hay muchas de estas películas en las que se gastan increibles fortunas, por lo que resulta comprensible que busquen la  rentabilidad final del producto (ya digo, sin tener nada que ver que luego sea mejor o peor) por lo que el mercado chino es uno de los más apetecibles por su alto potencial en los resultados de la taquilla mundial.

La gran muralla es una evidente coproducción entre China y Estados Unidos para contentar a los primeros pero con detalles de los segundos que les permitan hacer un producto exportable a todos los mercados, los cuales podrían resumirse en tener al frente del reparto a un actor como Matt Damon para así llamar la atención del público (también andan por ahi Pedro Pascal y Willem Dafoe pero sus ¿personajes? no dejan de ser meras comparsas perfectamente prescindibles) en un espectáculo tan llamativo como artificioso que bien podría haber quedado en manos de directores de la calaña de Michael Bay o Roland Emmerich.

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La vida de Calabacín

Hace poco me leí la novela en la que se basa esta película, porque me sorprendió su nominación al Oscar a mejor film de animación, dejando en la estacada incluso a predecibles candidatos como Buscando a Dory de Pixar (aunque poco importa porque la “casa-madre”, Disney, si ha logrado incluir dos títulos suyos como Zootrópolis y Vaiana) Aparte de que no tenía referencias previas de este título, me llamó la atención el que fuera en animación stop-motion, así como todos los premios a los que había sido nominada o que ya había ido acumulando en su pase por diferentes festivales, por lo que ese fue el empujón que me hacía falta para decantarme por esta historia, saciar mi curiosidad y valorarla por mi mismo (como me pasó con La La Land), primero en su notable base literaria y luego con el presente (y escaso) film.

Esta película dura apenas 66 minutos, un lapsus de tiempo a priori muy breve pero que resulta suficiente para captar la esencia de la obra en la que se basa, aunque resulta demasiado parcial respecto a la misma, ya que se centra en detalles puntuales que sirven para que el director nos transmita un evidente mensaje (tenemos que proteger a la infancia de ahora porque son la humanidad del futuro) pero deja otros de lado, al centrarse tan solo en algunos personajes mientras que los otros sirven tan solo como complemento a su mensaje, pero sin desarrollarlos como sucede en la obra literaria. Con esto no me vengo a referir que por ello esta película pierda valor, pero queda claro que se ha intentado también llegar al público infantil suavizando (si ello es posible) algunos temas.

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