Macbeth

Tengo que reconocer que nunca he tenido especial afición por la obra de William Shakespeare, siendo mi mayor acercamiento cuando el joven Kenneth Branagh adaptó unas cuantas de ellas, de las cuales recuerdo la simpática Mucho ruido y pocas nueces (con un gran reparto en el que debutó la ahora famosa Kate Beckinsale) o el clásico Hamlet (que con sus cuatro horas de metraje sigue ostentando el record de ser el film más extenso que he visto en una sala de cine)

Como es natural no cometeré la blasfemia de ningunearlo, si bien el célebre autor ha dado para multitud de formatos como una novela de humor de David Safier, un episodio de la serie Doctor Who o el film de 1998 Shakespeare enamorado, sin olvidar la divertida adaptación de Hamlet con Arnold Schwarzenegger de protagonista que se vió en la reivindicable El último gran héroe.

Pero para centrarnos en materia, lo primero es reconocer que no he leído la obra literaria, así como tampoco he visto sus adaptaciones anteriores (en la que constan nombres tan ilustres como Orson Welles, Roman Polanski o Akira Kurosawa), pero me decanté por la presente ya que despertó mi curiosidad, sobretodo por sus dos protagonistas más que por su director (un Justin Kurzel del que reconozco no haber visto, hasta la fecha, nada de su filmografía)

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